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ESTACION SATURNO, Por Carlos Dinamarca. Conductor de Locomotoras de Bahía Blanca.

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ESTACION SATURNO, Por Carlos Dinamarca. Conductor de Locomotoras de Bahía Blanca.

Mensaje por gaston9093 el Mar Abr 15, 2014 11:14 am

Mi vieja camioneta Ford modelo 1960, tuvo ganas, de repente, de tomarse vacaciones anticipadas y decidió quedarse unos días en Carhué. Y claro, con tantos caminos y kilómetros devorados, su motor dijo ¡ Basta!

“…Vamos a tener que esperar que llegue el motor nuevo, para cambiarlo”, las palabras de Pedro, el mecánico, resonaron en mis oídos como una sentencia judicial; esperar el repuesto significaba quedarme sin camioneta como mínimo hasta el próximo fin de semana.

¿Y que hago ahora? No me voy a quedar una semana aquí; tendré que irme a casa…

El trabajo de viajante de comercio es atractivo y excitante, obviamente visto desde la óptica de un muchacho joven, pero a mis 60 y tantos… tendría que tener 30 años menos para festejar como un loco el hecho de quedar “varado” una semana entera en un lugar turístico como este.

“cómo me hubiera divertido”, pensé, mientras caminaba hacia mi hotel.

Esa noche, al terminar la cena, mientras que Raúl, mozo y amigo de tantos años levantaba los platos, le pregunté si no sabía de alguien que viajara a Buenos Aires, ya que el micro salía recién al día siguiente, domingo, a las 16,00 Hs.

“…la verdad que no se de nadie que viaje a la Capital ahora”, me dijo, a lo que agregó de inmediato:¿ Por qué no se va en el “Pasajerito” de la” trochita” que sale mañana a las 8 de la mañana? “…casi seguro que va a llegar a la misma hora que el micro… pero sin querer podría entrar usted en la historia, porque no se si sabrá que el de mañana, es el último viaje de ese tren”. Yo había abierto la boca para rechazar su opinión (viajar en esa “Batata” que tarda como 10 horas Para llegar? ¡Ni loco!) Pero solo quedé en esa posición: ¡con la boca abierta! “… ¿El último viaje? pregunté un tanto sorprendido; cómo es eso?

“…Y sí, parece que el gobierno decidió clausurar el ramal, debido a la poca ganancia que genera”.

Realmente nunca me había interesado en el ferrocarril más allá de considerarlo un “competidor” debido a mi profesión; pero esta noticia realmente me cayó mal porque pensé en el acto en toda la gente que se quedaría sin trabajo y en la gran cantidad de pueblos que se quedarían sin transporte.

J.V.Cilley, Rolito, Saturno, San Fermín, Casbas, Eduardo Casey, Andant y tantos otros que conozco bien por recorrerlos a menudo. Pueblos comunicados por el tren y caminos vecinales de tierra que, debido a su estado, nunca son transitados por vehículos de gran porte ¿qué será de ellos y de su gente sin el tren? Que yo sepa camiones y colectivos no circulan por esas zonas. Me acordé del gringo Crivelini, amigo y cliente de tantos años que era el dueño del almacén de ramos generales de Saturno, que estaba frente a la estación y que viajaba a Buenos Aires todos los domingos por su tratamiento de rehabilitación de los lunes y martes. No lo pensé más: viajaría hasta saturno y me iría con él en su auto, para llegar más rápido a la Capital.

Al día siguiente desayuné más temprano que de costumbre; a las 7 de la mañana tomé mi café con leche con esas “cara sucias” de campo, hechas en horno de leña y del tamaño de una pizzeta; de una masa blanca y esponjosa con ese “costrón” de azúcar negra que le daba ese sabor exquisito. Luego de abonar y despedirme de mi amigo Raúl, partí rumbo a la estación.

Llamó mi atención la gran cantidad de gente que ya había en las calles y que todas se dirigieran hacia ella. “Que extraño, pensé…si todos estos viajan van a hacer falta uno o dos trenes más…” Imaginé una larga cola formada para sacar el boleto, pero me equivoqué; no habría más de 20 personas haciendo fila.

Cuando me llegó el turno para sacar mi pasaje, le pregunté al boletero por qué había tanta gente, y el hombre visiblemente emocionado me respondió: “…y ¿qué le parece?...vienen a despedir a este tren por última vez!...Y ahí entendí el sentimiento y la congoja de todos por este acontecimiento que estaban viviendo…

Las 7,45 horas. Y ya estaba sentado en mi asiento de clase única, del lado de la ventanilla, a bordo del coche motor Ganz Nro. 2775, observando aquellos rostros compungidos y de ojos llorosos.

Noté que en otra vía del lado de la “playita de maniobras” (así la llaman), había otro tren compuesto por una máquina de vapor con vagones de pasajeros y de carga mezclados,a los cuales subían gran cantidad de bultos y muebles, como también personas a los coches de pasajeros. “…ese es el tren de mudanza en el cual se van los ferroviarios que son trasladados a otros destinos o que han quedado cesantes”, irán subiendo en él todos los empleados de las demás estaciones llevando sus pertenencias y su incertidumbre…” me dijo un guarda ante mi pregunta.

Ocho y cinco de la mañana del domingo 11 de septiembre de 1977, el auxiliar de la estación Carhué hace sonar la campana y el guarda a cargo del tren, su silbato reglamentario, ambos por última vez. Y lo que solo eran ojos llorosos en la mayoría de los rostros, se transformaban en torrentes de lágrimas incontenibles, dejando salir a borbotones tanta angustia, desazón y sentimientos imposibles de contener.

Me sentía un tanto extraño en esa tristeza generalizada, me daba la impresión de que sufrían más por el levantamiento del tren que por la pérdida de sus empleos, no sé por que, pero comencé a pensar en mi familia… ¿y ese nudo en mi garganta?..¿.de donde salió?

El traqueteo lento y el bamboleo del tren fueron trayendo ruidos nuevos y alejando los otros, cargados de desesperanza. Desde mi ventanilla observaba el camino de tierra paralelo al tren y me veía yo, desde otra perspectiva, conduciendo mi camioneta. ¡Si me habrán tocado bocina y saludado con la mano los maquinistas! ¡si me habré cruzado veces con ellos en tantos pasos a nivel durante tantos años y tantos viajes!… y de golpe, la verdad cayendo como un martillazo: ¡Me dejan solo!, ¡ya no me cruzaré más con ellos!, ¿qué haré con tanta llanura, con tanta inmensidad, con tanta geografía campestre para mi solo?...ya no será lo mismo, ¡claro que no!

Tan absorto estaba en mis pensamientos, que no me dí cuenta que estábamos entrando en Cilley. Casi desconozco la estación, la gran cantidad de gente que había en su andén y en los aledaños la empequeñecían, paisanos a caballo, tractores, algunos autos y camionetas le daban un tinte festivo que no era tal… ¡y pensar que 50 o 60 años atrás la imagen sería la misma pero con un sentido totalmente inverso!

El cuadro era el mismo que en Carhué: gente por todos lados, mujeres con chicos en brazos, hombres con bultos sobre sus hombros y valijas en sus pies esperando al tren de la mudanza, que venía detrás de nosotros. La salida se demora más de lo previsto, gente subiendo y bajando del tren como tratando de retenerlo, ya parece no importar el horario puntual, ¿para que?... ¿a quien le importa ya? Pero no se puede esperar más; el tañido de la campana y el silbato del guarda indican un nuevo desgarro, otra hija que se abandona para siempre, otra vez los brazos en alto, los pañuelos en manos y rostros, secando lágrimas imposibles de contener.
Rolito no fue la excepción; las mismas situaciones, las mismas imágenes repetidas como una película de la matinée de los domingos; otra parada con retraso, otra parada con angustia, otra parada con gusto a abandono…

Nuevamente el traqueteo, el bamboleo lento de este tren que parecía no querer irse de estos pagos, y la impaciencia que comenzaba a apoderarse de mi…

Las nueve y cuarto de la mañana. ¿Cuándo llegaremos a Saturno?, ¿cuándo terminará este sufrimiento? Ahora entiendo: la impaciencia se debe a una sola cosa, la angustia y la desazón habían copado todo mi ser, y mi alma pedía a gritos un descanso, ¡basta por favor!

La geografía de esos lugares, bien conocida por mi, me decía que en pocos minutos más llegaríamos a destino. Ya estamos en la curva de la estancia de los Torres, una pequeña recta, y las señales de aproximación de la estación, aparecen en el horizonte… ¡por fin! ¡Ya estamos llegando!...

Presuroso tomé mi bolsito y me arrimé a la puerta del vagón, no veía la hora de bajarme y dejar atrás la angustia que ya se había instalado en mí y no se quería ir.

Con su chirrido característico de los frenos, el tren se detuvo y la gente agolpada en el andén, no me dejaba bajar; a los “permiso, permiso” y a los empujones, logré hacerlo y encaminarme directamente hacia la calle, pero hubo algo que no se como explicar, me detuvo; algo que hizo que me diera vuelta y mirara a ese tren como nunca antes lo había hecho y de pronto comprendí: me di cuenta que se trataba de un amigo a quien vería por última vez, un amigo con quien había compartido durante tantos años saludos, señas, bocinas y cruces por esos caminos de tierra, por esos lugares de mi patria, un amigo que sin conocerlo demasiado, me había enseñado que la soledad del campo no era tanta, cuando se transitaba en compañía, y volví sobre mis pasos…

En silencio y apoyado en una columna le hice “el aguante” hasta que el sonido de la campana y el silbato del guarda indicó la separación definitiva; mis manos y mis brazos se confundieron con los de los demás en un adiós muy emotivo y su imagen lentamente comenzó a desdibujarse ante mis retinas…¡qué sensación extraña!, parado en el medio de la vía observaba como se alejaba con su bamboleo de siempre y ahí descubrí el motivo de su imagen borrosa…la humedad de mis lágrimas había inundado mis ojos … y sin darme cuenta, mis labios y mi corazón murmuraron una misma frase: ¡hasta siempre, amigo!

Carlos Dinamarca. Conductor de Locomotoras.
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