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RAMÓN, EL HOMBRE QUE AMA LOS TRENES

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RAMÓN, EL HOMBRE QUE AMA LOS TRENES

Mensaje por gaston9093 el Jue Abr 09, 2015 11:30 pm



“Yo fui parte del último tren y ahí me quedo”, dijo el ex maquinista. Recuerda la importancia que tenía el servicio en los pueblos.

NEUQUÉN (AN).- “¿Torres, quiere ir a Córdoba?”, fue la pregunta que, cambiando los lugares, se repitió durante 45 años en la vida de Ramón Torres. Hoy, afincado en el barrio Ferroviario, el ex maquinista, banderillero y guardahilo, recuerda no sentir nostalgia por su trabajo porque todos los días escucha la bocina del tren que pasa a escasos 200 metros de su vivienda.

Ramón reconoce que la comunidad ferroviaria está integrada por la gente más apasionada del mundo porque subirse a un tren, dice, “era un orgullo”, porque “daba la libertad que uno quisiera” y porque “el día de un ferroviario se componía de 8 horas de trabajo, 8 horas de descanso y 8 horas de diversión”.

Torres nació en Santa Fe, es hijo de una familia de escasos recursos y a los 10 año comenzó a trabajar en el campo. En 1970 le ofrecieron ingresar en el ferrocarril “y nunca más dije que no”, recordó en una charla con “Río Negro”.

Ramón trabajó en Córdoba, Concordia, Bahía Blanca, Chelforó, Cipolletti y Darwin. Allí se casó y al poco tiempo “me dijeron: ¿Torres, quiere ir a Neuquén? Y acá estoy, luego de trabajar con tres generaciones de ferroviario”, rememoró con cariño.

El exferroviario contó que arriba o abajo del tren el trabajador se sentía importante, especial. En cada pueblo era conocido y respetado porque el tren les llevaba lo que nada ni nadie más podía hacerlo. Desde víveres hasta mensajes de familiares lejanos.

Un orgullo

“Era un orgullo porque llegabas a un pueblo y era un mundo de gente esperando el tren; muchos iban solo para ver llegar el tren. Capaz que viajaban 20 personas pero había más de 100 esperando en el andén. Y te bajabas dos minutos y todo el mundo te saludaba, te decían ´te encargo que cuando llegues a la próxima estación le digas a fulano tal cosa´. El tren también llevaba cartas, había gente que a la noche esperaba en el andén solo por una carta”, recordó Torres, que también trabajo en el tendido de rieles del proyecto del Tren Trasandino.

Cuando este hombre de más de 60 años habla de comunidad, de familia ferroviaria, no exagera. Contó que hasta los años ´80, unas 70 familias vivían en las tradicionales casas del Parque Central y “todas las noches nos juntábamos a comer asado, en los bares, a jugar a las cartas, a acompañar en las alegrías y en las desgracias, como hacen las familias vio. Y eso se repetía en los vagones y máquinas en los largos viajes sobre rieles cuando se pasaba a ser un trabajador de vacaciones o franco”, agregó.

Ramón se define hoy como un “jubilado de profesión y activo”, sin nostalgia por lo que fue su trabajo, pero con un dejo de tristeza por la desaparición de los trenes y de la comunidad a la que perteneció.

Hoy vive en un barrio que pasó de tener 56 familias ferroviarias a las 4 que tiene en la actualidad. Ya casi ni quiere recordar aquel día de marzo de 1993 cuando el tren se despidió de las vías.

“Es mejor quedarse con lo mejor, yo fui parte del último tren y ahí me quedo”, concluyó Ramón, un hombre que ama a los trenes.

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